Por Observario
Obviamente, se cambiaron los nombres por seguridad.
*86 Mensaje de voz. Tienes un mensaje nuevo. Primer mensaje nuevo. Mensaje recibido hoy a las siete treinta y tres p.m.
“Carlos, oye, soy Juan, oye, me quiero disculpar porque hubo un problema grave aquí en la colonia, hubo gente armada y paso algo muy delicado, y pues no, no voy a poder. De hecho estoy aquí en mi casa; estamos viendo que va que va pasar- y si tienes chanza de marcarme mi casa, o aquí en mi celular. Hasta luego”
La primera vez que vi una pistola fue en mi niñez. Estaba aún en la primaria y recuerdo que esa tarde mis vecinos y yo estábamos jugando a las escondidas. Todos hemos jugado a las escondidas y era un juego divertido. Sobre todo porque había una cierta satisfacción ser el que encontraba el escondite más efectivo mientras escuchaba como los demás iban siendo descubiertos poco a poco y te dabas cuenta por los gritos de frustración y la carcajada batiente del que le tocó buscar. Habíamos terminado de jugar porque ya estaba llegando la hora de los gatos pardos –la caída del sol cuando no es noche aún pero ya no es día- y era un código de honor “recogernos” a nuestras casas a temprana hora de la noche.
Cuando ya estábamos a punto de cada uno irse a su respectiva casa previniendo que cualquiera de nuestras madres saliera a lanzar el grito del nombre de alguno de nosotros como señal de que la tarde de juegos había terminado, uno de ellos, un niño curioso, flaco, de ojos saltones y cabello rebelde y parado se acercó misteriosamente y dijo en voz susurrante.- “Eh, ayer vi que mi hermano guardó una pistola en el closet del cuarto. ¿Quieren verla?” Todos nos miramos como se miran los niños en grupo.- la mirada decidida pero temerosa a aceptar en tanto no se sintiera que había aprobación general. “Ándele. Nomás la vemos y ya. Ni siquiera la tocamos.” Todos aceptamos ir, excepto el Pollo. El Pollo, por razones que los años venideros revelarían siempre evitaba entrar a las casas de sus amiguitos por órdenes expresas de su padre. Entonces, se despide con “A mí me regañan. Ya me voy” y los demás nos enfilamos rápidamente a casa de nuestro flaco amigo.
La familia del flaco tenía una vivienda muy peculiar. Tres pequeñas casas de madera con techo de dos aguas en línea recta una después de otra y detrás de estas sendos corrales que mantenían resguardadas de una libertad castrada a las vacas, cerdos y cabras que daban sustento y medios de ingresos a la familia. Estaba a las orillas del pueblo en el que crecí. La primera casa a la derecha era la cocina y algo parecido a una sala donde dormía la casi centenaria abuela. La casa del medio eran los dormitorios de las mujeres y la de la izquierda eran los cuartos de los hombres. Llegamos y entramos sin llamar la atención pues era fácil pretender que íbamos a los corrales. El flaco muy rápidamente se acercó al viejo closet y abrió la puerta, inclinó su cuerpecillo metiendo su mano y volteando a vernos con una rostro apenas con expresión. Tanteo varias veces y se detuvo unos segundos. Se arrodillo y se puso de frente al closet dándonos la espalda. Todos estábamos callados y creo que tragando saliva sin mirarnos y lanzando la mirada curiosa y miedosa como si ejerciendo rayos equis en la espalda del flaco para poder ver adentro del closet. Se incorpora. Lentamente voltea con la pistola sostenida con sus dos palmas vueltas hacia arriba. Un metal negro. Firme. Imponente. Con latente poder para hacernos desear correr. Pero no corrimos. Yo quise acercarme a tocarla pero el flaco rápidamente volteo hacia el closet y nuevamente se arrodillo poniendo la pistola en el mismo lugar del que la sacó. “Vámonos. Ya llegó mi hermano. Salgan por allá. Rápido, si no me mata mi papá.”
Cómo supo que había llegado su hermano, no lo sé. No escuché nada. La pistola absorbió todas mis habilidades para oír, moverme, sentir o pensar. Una pequeña escuadra metálica negra en cuyo interior yacían latentes formas punzantes de plomo esperando ser impulsadas por la pólvora para llegar adentro de… Finalmente, ese es el fin de las balas. Y mientras estén dentro de la pistola, en algún momento saldrán a cumplir su misión.
Llegué a casa y me fui a dormir después de una cena llena de culpa por haber aceptado presenciar que uno de mis vecinos que fue educado con los mismos valores que nos educaron a todos los hijos de los fundadores del pueblo tenía en su poder un arma. El closet tenía la muerte ahí. Quise decirle a papá o a mamá o a mi hermano pero decirlo significaba un regaño o una denuncia hacia los vecinos o no sé qué hubiera significado y me quedé callado. Por suerte no hubo pesadillas de pistola. Aunque tres años más tarde al terminar “un baile” de los que hacían en el pueblo una de esas formas punzantes de plomo entró en la cabeza del hermano de flaco que lo mantuvo en cuidados intensivos por una semana y luego el llanto de toda su familia.
Vine a la ciudad con la idea de que aquí no pasaban esas cosas. Uno podía ir y venir en esta ciudad grande, pero en la que inexorablemente siempre hay conocidos y siempre se frecuentan los mismos lugares y siempre llegamos a casa para ir a trabajar al día siguiente y siempre las rutinas que nos hacen ser ciudadanos. No pesadillas de pistolas en un closet. En esta ciudad en la que uno puede ir al cine y ver a los amigos y pasar un buen rato. Hasta que llegó el momento en que aquella pistola en aquel closet comenzó a cobrar vidas en otras pistolas, en carabinas, en metralletas, en otras armas que veo al pasar de los militarles por las calles mientras uno furtivamente ve, como aquella vez frente a aquel closet y se vuelven a aturdir los sentidos por el sabor metálico de la muerte pasando frente a uno encasquillada dentro de las armas.
Hoy tenía el plan de ir al cine. Nos veríamos a las ocho. Pero…
*86 Mensaje de voz. Tienes un mensaje nuevo. Primer mensaje nuevo. Mensaje recibido hoy a las siete treinta y tres p.m.
“Carlos, oye, soy Juan, oye, me quiero disculpar porque hubo un problema grave aquí en la colonia, hubo gente armada y paso algo muy delicado, y pues no, no voy a poder. De hecho estoy aquí en mi casa; estamos viendo que va que va pasar- y si tienes chanza de marcarme mi casa, o aquí en mi celular. Hasta luego”
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