Por Observario
¿Qué significa esta sensación que irremediablemente ubico en mi pecho? ¿Es una emoción? ¿Es un sentimiento? ¿Es la pura memoria de eventos no vividos, que tomo prestados de alguna escena ya vista, añorada, fantaseada en los momentos en que creo necesitar compartir con alguien?
Viene sobre todo en las apacibles tardes en la que se tiene un sentimiento de total abandono. Como una nostalgia por buenos tiempos pasados cuando parecía que todo era más sencillo. Cuando el tiempo parecía durar eternidades y aún no se llenaba el corazón con afanes de logro, posesiones que finalmente quedarán para otros, una posición, un lugar en una sociedad. La que nos moldea, la que nos presiona, la que nos vuelve inexorablemente astutos, insensibles y miedosos una vez que el empleo, los horarios y las separaciones dolorosas cubren con una densa capa de indiferencia, insensibilidad y temor a nuestro corazón.
Es una sensación que puede llamarse emoción, puede llamarse sentimiento.
La primera porque me mueve a estar quieto, a ver lo que siento, quizá escuchando esa música que parece romántica cuando estamos sensibles a que nos parezca romántica y el murmullo del tráfico a lo lejos, el sonar de los teléfonos, las exigencias del trabajo en la oficina o en la calle mientras cambia el semáforo. Me mueve a sentir todo ese cúmulo de sucesos aparentemente insignificantes y sin valor práctico para la cotidianeidad en la que estamos inmersos, de la que todos queremos escapar los fines de semana.
También es un sentimiento. Se siente una oleada en el pecho acompañada de distintos pensamientos que la provocan. ¿O es la oleada la que provoca los pensamientos? Pequeña tristeza, sobria tranquilidad, resignada añoranza, deseo de expresar el sentir y tener eco en otro, y por último total y absoluta tranquilidad. Una tarde en la que nada tiene prisa, nada debe lograrse, nada afecta al recordarse y no hay un mañana que se quiera alcanzar. La tarde terminará y también este movimiento dentro de mí.
Creo que todos pasamos por este evento. Sentirse romántico y con deseo de conquistar a una persona altamente sensible para apreciar las explosiones de pasión que van emergiendo de todo ese sentimiento contenido por las normas sociales. Pero luego viene la mente racional, la que dice que sería ridículo, la que dice que hay que seguir trabajando, la que tiene miedo de ser rechazada, calificada, minimizada, desacreditada. Y esa es la mente que está sentada al centro y domina nuestro diario vivir.
Y luego, vertimos todo deseo de ser prístinos, inocentes, genuinos y sin máscaras o defensas a través de lo que vemos en otros suponiendo que ellos tienen lo que uno no tiene, a través de las películas que vemos, o entregándonos a los escapes que sistemática y eficazmente hemos diseñado para volvernos prácticos, indiferentes y distantes de quiénes somos realmente.
Pero entonces ¿qué es lo que se tiene que hacer cuando en tardes de nostalgia inexplicable, en las que en el pecho se experimenta esa indescriptible sensación que nos lleva a suspirar o a intensificar el goce de una canción, la alegría de una sonrisa que alguien nos da sin decirle nada por ello?, ¿dejarlo pasar?, ¿decir que uno está loco, que es un soñador, que no tiene sentido, volvamos a trabajar, las cosas están como están y ya?, ¿o es acaso que ese que somos, ese ser lleno de hermosura verdadera de pronto aprovecha el descuido de la mente racional –la que suele ser muchas veces insensatamente racional- y se manifiesta sin reparo?. ¿ése que tiene la energía para ver que el miedo, la rabia y la tristeza con la que vivimos continuamente pueden terminar por completo y no una simple solución temporal con filosofías prefabricadas por alguien más que no ha estado a nuestro lado para ver juntos algo bonito, como los árboles –sentados en algún lugar, tomando un café, viendo a la gente pasar, hablando poco o mucho, riendo juntos por nada?
La soledad y el aislamiento crecen día con día aunque la gente siga casándose, aunque la gente busque una pareja. Llega inexorablemente el deseo de escapar de ello también y seguir deseando esa parte de uno compartida con el otro donde la pasión es firme y no meros impulsos, la sensibilidad por el sentir del otro surge sin esfuerzo, y el contento por compartir lo simple y lo complejo van de la mano con las obligaciones que nosotros mismos hemos auto impuesto a nuestra actual forma de vida con su tecnología, su afán por la ganancia, el provecho y el prestigio que tanto distorsionan la belleza interior que hay en cada uno de nosotros.
Bueno, en tardes como esta, en las que una canción romántica hace que uno sienta que es posible compartir sin el enfermizo apego, ni la decepcionante expectativa por no recibir lo que imaginamos había en el otro, ni el miedo a revelarse y reflejarse en el otro por cuya acción sin esfuerzo la mentira, las medias verdades y las verdades convenientes no tienen lugar.
¿Qué es pues esta sensación que irremediablemente ubico en mi pecho?, ¿y qué cosa hará que de esa sensación emerjan estos pensamientos que me hacen darme cuenta que el afán por compartir con el otro sólo tiene verdadero fundamento cuando uno no quiere que el otro crea que no puede ser o estar si no estamos juntos?, ¿estar juntos es pues, un estado de ser o es más bien un contrato social, una situación cómoda, conveniente e inmóvil?
Hay tardes quietas que por su quietud despiertan al genio que hemos ido dejando de lado por pagar las mensualidades, planear el fin de semana, lidiar con las complicaciones de nuestra relación actual sin vislumbrar claramente hasta qué punto de realidad es una relación o un “entrincamiento” de duda, miedo, apego e indiferencia. Esas tardes provocan en uno ese estado de ser en el que quiere dar, hacer sentir, compartir y dejar ser. Son tardes en las que por un momento, recobro el ánimo y la energía para poder lidiar con las inevitables complicaciones de la existencia humana.
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