miércoles, 7 de julio de 2010

El hombre comeuñas

Por Obervario

Desperté a las 5:45 a.m. para comenzar un nuevo trabajo que no esperaba tener. Me gusta hacerlo, así que lo acepté. A pesar de tener que abrir mis ojos para la actividad del día a tempranas horas de la madrugada. Claro que hubiera preferido quedarme en cama pero los días de encierro ya me estaban haciendo sentir un tanto aislado de la ciudad. Entonces aceptar el trabajo también me trajo la oportunidad de poder manejar hasta el otro lado de la ciudad y ver cómo quedó todo después de Alex, el huracán que le cambió la cara a la ciudad.

La mañana estaba fresca y afortunadamente, salir de casa a las seis y media de la mañana asegura que uno no tiene que pasar por mucho tráfico y entonces se maneja fluidamente. Sin embotellamientos ni largas filas. Llegué hasta la avenida que me cruza al otro lado del río. Por cierto, los ríos deben llevar agua, por eso se llaman ríos. Pero cuando llegue a esta ciudad este preciso río me recibió con sus cauces secos y su ciclopista larga que pocas veces se usa. Pero esta vez… agua. Agua corriendo con fuerza aún. Verlo en vivo, no por televisión causa una sensación extraña. Sentí que el río con su caudal rápido y poderoso estuviera haciendo una afirmación para que no olvidemos quién tiene el verdadero poder.

Y bueno, el verdadero poder no lo tienen los agentes de tránsito, definitivamente. Como dije, entré a la avenida que me cruza al otro lado del río pero el agua destruyó el puente así que el paso estaba cerrado. Me acerque al tránsito que plácidamente, a las siete y cinco de la mañana, estaba “comiéndose las uñas,” recargado en una pared de uno de los muchos fraccionamientos bardeados y con evidente caseta de vigilancia. “Dese la vuelta. El puede está destruido. No hay paso.” Y no me dejó preguntar más. Había una urgencia a rechazar cualquier otra pregunta que su lenguaje corporal me hizo sentir, agitando su mano en dirección opuesta al puente y con una voz acelerada y con el desgano de quien fue interrumpido en una tarea harto placentera.

Por Dios. La amabilidad y el respeto son valores que no deben perderse. Y que los paradójicamente llamados servidores públicos deben portar como estandarte de batalla –aunque no haya ninguna batalla, claro está-. La única batalla que tuve fue ser un tanto imperativo en mi manera de pedirle indicaciones para saber cómo y por donde cruzar al otro lado y llegar al otro boulevard. Mi voz fue tan pero tan pero tan imperativa con matices de enfado que me puse muy alerta en no violar el más elemental respeto y amabilidad que tanto esperé recibir de dicho hombre come uñas. Creo que mi actitud de ciudadano demandante funcionó porque incluso hizo una recomendación un tanto sumisa.- “pero apúrele jefe, porque lo alcanza el tráfico ya en unos cinco minutos.” Me volví al boulevard por donde llegué y emprendí la búsqueda del camino para cruzar.

Yo me pregunto.- ¿Es más frustrante ver una enorme ciudad ser golpeada severamente por la fuerza de la naturaleza, cuyas calles están tristemente adornadas con piedras que bajaron de los cerros y los relieves en el asfalto indican la excelente calidad del material con el que dichas calles se construyeron o ser un desorientado ciudadano que se acerca a un hombre cuyo puesto es pagado por los impuestos que cuantiosamente se rebajan en mi nómina y ser recibido con rechazo y prisa por dar una irritante respuesta que no corresponde a la pregunta que le hice?

Bueno, ahí les dejo la pregunta. La naturaleza puede hacer destrozos en una ciudad tan grande como esta. Pero la falta de amabilidad y respeto puede, si no somos buenos observadores, destruir la calidad de nuestras relaciones como ciudadanos, que buena falta nos hacen. Es así como inició mi día después de las torrenciales lluvias.


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