jueves, 22 de julio de 2010

Un Padrino

Por Observario

Salimos de la pizzería más famosa de la ciudad. La única que tenía una decoración especial en cada época del año y cuyo interior estaba cubierto por los productos más ingeniosos, con diseños recientes, viejos, distantes, locales, con el logotipo de Coca-Cola. Podrían haberla nombrado el museo local de la Coca-Cola y no hubiera sonado pretensioso. Caminamos hacia la casa que quedaba muy cerca, justo detrás de la universidad. En ella vivíamos Tania, Edgar y yo. Nada especial. Edgar y yo estábamos en el mismo instituto y Tania hacía la licenciatura de Química Farmacobióloga.

Como todos los estudiantes hacíamos lo típico. Estudiar, salir a todas las fiestas que podíamos y los fines de semana ordinarios o largos, Tania y Edgar visitaban a su familia en la ciudad de donde venían a una hora y media de camino. Yo en cambio, tenía que esperar las vacaciones porque no era fácil llegar al pueblo donde estaban mis padres. Me tomaba toda la noche viajar, llegar muy temprano por la mañana, buscar otro transporte que me llevara de la carretera federal doce kilómetros adentro a donde está ubicado el pueblo.

La tradición entre Edgar, Arnoldo y yo, el trío de amigos del que formé parte durante los tres últimos semestres, era pasar la tarde en la pizzería y luego ir al cine. Años más tarde, ninguno se atrevió a imaginar el desenlace de los destinos que en ese momento parecían converger a la perfección. Arnoldo finalmente tuvo tres hijos con la que en ese momento era novia de Edgar quien por años no pudo escuchar el nombre de ninguno de los dos. Tardó mucho en decidir qué le había partido más el corazón, si nuestro amigo común o Lidia.

La pizza, como siempre, había estado bastante buena. La pasamos muy bien y por primera vez no sentía culpa en pedir una cerveza mientras comía. Ya estaban por terminar las vacaciones de verano y otro semestre venía. El último semestre de la preparatoria de tres años que me costó mucho trabajo terminar. No es porque haya sido un estudiante mediocre, sino porque desde que puse pie en esa ciudad tuve una sensación de abandono y desamparo que nunca supe cómo explicar, más bien, no sabía que esa era la sensación que siempre me acompañaba. Todos tenían mucho contacto con sus familias, los padres estaban ahí cerca de ellos. A mi me parecían circunstancias muy distantes de mi vida. La cercanía con mis padres la hacía una llamada telefónica los domingos a las ocho de la noche. No más.

El verano en la ciudad era siempre agradable, el sol apacible, las noches cálidas. Muchos árboles altos y calles casi desiertas. Como si la ciudad siempre estuviera descansando. La avenida principal tenía hermosos jardines a lo largo del camellón y los edificios del área, el instituto donde cursábamos la preparatoria nosotros, la rectoría, la preparatoria de enfrente del instituto a donde solíamos ir a conocer muchachas, y otras tres facultades constituyeron el mundo en el que alterné con mis amigos. A veces más de lo que podía manejar.

Los años vinieron sin mucho esfuerzo. Y la carrera. El trabajo. El matrimonio o no, inexorablemente se convirtieron en sucesos de los que a veces platicaba en las reuniones de los nuevos amigos, los nuevos compañeros, en una nueva ciudad. Y puedo decir que no hay frustración en la vida actual. Antes bien, me sorprende todo lo que profesionalmente se ha logrado. Igualmente, el alcance social al que he llegado en una ciudad grande y difícil. Los cuarenta andan viendo cómo entrar en la vida de uno y no hay ningún truco que se pueda realizar para despistarles el camino y aún así, se van a vivir como ocurrió con los veintes, como está ocurriendo en los treintas.

Una llamada llegó esta tarde y curiosamente la respondí frente a una de esas nuevas pizzerías que hay en toda la ciudad con nombres en inglés y sistemas rápidos y sabores en serie y repartidores que manejan sin casco y no hay mesas, ni sillas, ni decoraciones que recuerdan a un museo con diseños de los más diversos productos de Coca-Cola. Me detuve para escuchar bien. La pantalla del teléfono decía “Número privado” y no revelaba el número de quien llamaba. Preguntaron por mi nombre y la respuesta paranoica de mi lado fue un “¿quién lo busca?” a lo que recibí una ráfaga de explicaciones sobre el motivo de la llamada, en tanto, el impacto me movía casi como sonámbulo hacia el carro. Oprimí el botón del control de la llave para abrir la puerta. Entré al carro. Me senté. La voz seguía hablando y una rápida película en sucesión aleatoria comenzó a pasar frente a mí… pizzería, risas, boulevard, las muchachas que conocíamos, las tardes en casa de Edgar, el conflicto con su novia que se fue con Arnoldo y cuyo hijo ahora estaba al teléfono, los edificios de las facultades, las tardes de verano, Tania, la adolescencia de preparatoria. “¿Y dónde va a ser el funeral?” pregunté. Me dio los datos. La ciudad de mi preparatoria está cerca, menos de una hora. Pero la distancia temporal de aquellos eventos era enorme y había sido infranqueable hasta que llegó hoy la primera noticia del primero de aquella generación que se va. Edgar.

Colgué.

Un silencio de esos que no se sabe como pedirles que vengan más seguido inundó el interior del carro y salió por las ventanas y entró en cada sonido de la ciudad alrededor. La voz de ese joven sonaba tan similar a la de Arnoldo. Años más tarde, después de que yo me mudé, ambos, Arnoldo y Edgar encontraron el camino de regreso a la amistad. Y ese joven era ahora el ahijado que buscó, como eficaz detective, mi número hasta dar con él porque no podía faltar yo en ese funeral. El trío de amigos cuyas historias alimentaron su lazo fraternal con su padre y su padrino. Yo sólo regresaría a ver una parte final de aquella historia entre Edgar, Arnoldo y yo.

Esa es la vida. O algo como eso.

Te invito a que me sigas en este blog y veas las cosas que escribo , Subscríbete a Desde Ningún Punto por Email