Por Observario
Anoche fui a una fiesta a la que no quería ir. Claro está que no es la primera cosa que hago sin querer hacerla. Muchas otras cosas en el pasado han sido así. Todos tenemos historias en las que hicimos algo que no queríamos hacer. Se le llama presión social. Se le llama confusión. Se le llama de muchas maneras. Pero terminamos haciendo algo que no queremos. Igualmente he hecho cosas que sí he querido hacer. Creo que todos pasamos por el mismo proceso de hacer algo a pesar de no querer o de hacer lo que sí… pero el resultado generalmente es que uno tiene que lidiar con lo que uno no quiere hacer. ¿Por qué obligarnos?, ¿qué nos empuja a hacerlo?, ¿qué mal resultado tememos si nos negamos a hacer lo que no queremos?, ¿qué buen resultado obtenemos por hacer lo que va contra nuestros deseos o voluntad –si acaso eso existe-?
Pues ahí radica la cuestión. La voluntad es lo que nos mueve a hacer o no hacer.
Regresé de mi trabajo temprano –un gran evento dadas las condiciones de tráfico en la ciudad- y me dispuse a ver una de mis series que suelo comprar y el sueño vino “como un ladrón” –aunque la verdad, y por fortuna, nunca he visto cómo vienen los ladrones y ciertamente no hay ningún interés en averiguarlo. La llamada me despertó. A las diez. Yo no manejaré. Paso por ti. No quiero ir. Sólo un rato. Está bien. Adiós sueño.
La fiesta, como todas las fiestas, tenía ruido. Mucho ruido. Música. Mucha música. Cuerpos esbeltos resultado de pastillas, bulimias, desvelos, trasnochadas, genética quizá. Carcajadas escandalosas. Humo de cigarro. Gente moviéndose como si fueran zombies. Seres animados por una fuerza siniestra que los conduce a un único fin: la búsqueda indiscriminada de placer y la enfermiza compulsión de evadir el conflicto que se acumula en la semana –¿alguien puede sostener lo contrario?- Yo no soy diferente a ellos. Anoche me dediqué a observarlos mientras bebía mi bote de agua. Esa observación me dio la pata para ver que la ausencia de paz me lleva convertirme más o menos en lo mismo que ellos.
En tanto veía el desfile de gente “divirtiéndose”, perpetrando una y otra vez las conductas autodestructivas y suicidas que yo mismo he tenido en tiempos de ausencia de paz, sorteando abrazos y besos que no hacen más que manifestar la soledad latente que en un punto todos llevamos-todos negamos, veía también que no tuve ninguna gana de estar ahí.
La terraza de la gran casona donde la fiesta tuvo lugar en las afueras de la ciudad, presentaba un cielo abierto cuyas estrellas brillaban luminosamente, la vía láctea nítida, el viento fresco y la línea de las montañas a lo lejos transmitían la paz que en el lugar no podía manifestarse entre escapes sutiles y groseros.
Es una pena que después de mucho tiempo pudiera estar entre árboles, luciérnagas y cielo estrellado en medio de un tumulto de gente que apenas se ven a los ojos y que rara vez vislumbran toda la belleza interior que como seres humanos tienen.
Insisto, yo no soy diferente a ellos. Quizá el único mérito que puede reconocerse en mí es que no temo a la vulnerabilidad y que intento ser constante en el deseo de ir descubriendo mis propios autoengaños, apegos, apatías y carencias emocionales. Ello logra que en uno se manifieste un dejo de presencia solitaria, de ardiente compromiso por investigar sobre la vida y el espontáneo impulso por apreciar todo su contenido. En todo esto puede que sea distinto a ellos. Nomás.
El resto es igual. Veo su manifestación. Oleadas de añoranzas, rabia, confusión, deseo, tristeza. La búsqueda inocua de respuestas deshonestas. Pero la constante observación sin esfuerzo de todo esto que somos es liberadora. Entonces, emerge sin buscarse una tranquilidad que ayuda, sin dolor, a dejar el curso de los eventos hacer lo suyo. La fiesta siguió. Me fui al carro y ahí recargado en el cofre tuve una fiesta privada con las estrellas.
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